El último baile
Yo odiaba a Michael Jordan. A finales de mi infancia me volví fan de Larry Bird por ser un jugador cerebral y de los Detroit Pistons por su gran juego en equipo y defensa. Jordan era el hombre de un equipo de un hombre. Todo lo hacía él y parecía que hacía trampa de lo fácil que hacía todo. Los chicos malos de Detroit con su gran estratega Chuck Daly se tenían que emplear a fondo para defenderlo y eso que solo tenía ayuda de Scottie Pipen. Hubo un momento, no recuerdo cuando, que me surgió el pensamiento: Nunca veré otra vez alguien como él en este deporte. Y dejé de odiarlo y empecé a admirarlo. Su cuerpo hacía lo que su mente le decía, y lo que le decía era magia, jugadas fantásticas, pases, rebotes y algo que odian las estrellas actuales: asistencias. Acabo de recordar, fue la final contra los Portland Blazers. Los de Portland tenían un gran equipo y empezaron con enjundia, pero Jordan empezó a aniquilarlos con tiros de tres puntos, algo que si bien sabía hacer no era su estra...